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El Tesoro de Rocha
En el 732 de la calle Chuquisaca se encuentra la portada de un inmueble que hoy está dividido en varias casas y es compartido por algunos huéspedes. Antes, rondando el año 1648, era el caserón del español Francisco Gómez de la Rocha, conocido mercader de plata y falsificador de monedas.

Rocha guardaba la mitad de la plata que se debía transportar de la Casa de la Moneda a la Argentina y acuñaba sus propias monedas. Al ser descubierto, el hombre escondió su tesoro, el cual no ha sido descubierto hasta la fecha. Ranz López tiene 20 años y vivía en una de las casas que formaban parte de las propiedades de Rocha. “Mi casa era en la calle La Paz. Antes era de los españoles y en el segundo patio había una caballeriza”. Entre sus recuerdos está la visión de un duende cerca de lo que se supone que era el horno de fundición. En otra ocasión, fue su hermano el que se encontró frente a un hombre muy alto, vestido con una gabardina, que le impedía la salida. Cuando se chocó con él, empezó a sangrar de la nariz. Desde ese día, su padre les prohibió entrar en silencio a la casa, creyendo que este hecho era el que realmente atraía espectros.

Fabio López Cardoso es el padre de Franz, y con 64 años está contento de no tener que vivir ya en esa casa. “En esa época había caballerizas y he conocido todavía la bosta de caballos. De allí vi varias veces que salían caballos y se quedaban en el pilón dando vueltas. Eran unos seis. Yo escuchaba ‘toc, toc, toc’ y de curioso abría la puerta de mi cuarto y los veía claramente. Un caballo negro estaba a la cabeza y todos los demás eran blancos. Y, a pesar de tener la puerta totalmente asegurada con chapa y con fierros, los caballos se salían cabalgando como el viento”.

Sastre de profesión, en ese tiempo recibía encargos a toda hora. “Una vez —cuenta—, estaba con mi esposa mientras mi hijito de cinco años dormía. Una señora vino y me llamó de la puerta de calle para que le haga un trabajo. Se paró en el pilón y cuando bajé nos pusimos a charlar. Mientras conversaba con la señora, sentía que alguien pequeñito me agarraba la pierna y me jalaba el pantalón. ‘Parece que se ha salido su hijo’, me comentó la mujer. Sin verlo, le agarré de la cabecita y le dije ‘‘entra’’, y el chiquito se fue”. “Cuando terminé de hablar con la señora, regresé a mi cuarto y le dije a mi esposa que cómo va a dejar salir al chiquito si hace frío. ‘¡Pero si el Osvaldo sigue durmiendo!, me dijo. El niño no se había levantado y seguía durmiendo sin inmutarse. Entonces, al que le agarré la cabeza fue a un duendecillo’”.

María Luisa de Poveda tiene 58 años y desde hace 40 años es la que vive en esa casa. Desde que se casó, relata, sintió que el lugar no era normal, e incluso trajo a un sacerdote para bendecir el lugar. “Pero ya no padecemos mucho, aunque hay personas que vienen y sienten escalofríos, como si les apretaran el pecho. Y siempre me dicen que hay un tapado”.

“Ni bien llegué, cuando me casé, me dijeron que había tapado. Se me apareció un fantasma, me dio su nombre y me dijo dónde cavar. No le di importancia, pues nunca he estado necesitada de dinero”. Pero, curiosamente, la ambición es la que ha atraído incluso a extranjeros para la búsqueda del tesoro que dejó escondido Rocha cuando supo que podía ser descubierto. Y es que nadie reveló el supuesto escondite y el español ordenó matar a sus colaboradores. Uno de los posibles lugares estaría a 18 kilómetros de la ciudad. Se cuenta que hacia Tarapaya existían muchos accidentes que se atribuían al demonio. Por ello se tuvo que traer desde España la efigie de San Bartolomé, quien dicen que habría enfrentado allí a Satanás. Hoy, en ese punto sólo se puede ver una reja de hierro que protege la entrada de la Cueva del Diablo. Nadie se anima a ingresar ¿Una maldición protegerá ese tesoro? Ante la duda, los vientos rondan la plaza Bolivia, donde se erigía antes el primer cementerio de Potosí. San Pedro y San Pablo ya han cerrado los cielos, pero al parecer las almas continuarán caminando entre los vivos de la Villa Imperial.
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